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sábado, 17 de diciembre de 2016

Felicitación familiar de Navidad. 2016. Reflexiones.

Como cada año, por estas fechas, aprovechamos para felicitar la Navidad y desear un feliz año nuevo a familiares, amigos, conocidos y saludados —según la terminología de Josep Pla—. Este año, sin embargo, ha sido un poco diferente: Nos hemos limitado al Feliz Navidad y poca cosa más, sin esa frase inicial típica que invitaba a la reflexión. Y es que para reflexionar, en esta ocasión, quizás porque son mis primeras navidades como profesor jubilado, he preferido contaros dos historias. 
Vamos a ellas.
La primera, de ficción, era un sencillo cómic del que recuerdo únicamente la trama. Mostraba dos trincheras y dos soldados, uno a cada lado. A cada cual le habían descrito al Otro, al enemigo como un salvaje, un asesino, un depredador. Así que se odiaban a muerte. Como no conseguían atravesar esa tierra de nadie que los separaba, un día, ambos tuvieron la misma idea: salir ocultos por la noche, llegar hasta el refugio del Otro y allí, mientras dormía, darle muerte. 
Sin saberlo se cruzaron y ambos, al llegar a sus respectivos destinos, los encontraron vacíos. Y entonces se descubrieron. Tal como eran en realidad. Porque cada uno vio, entre la miseria de las trincheras y al lado del catre mugriento, las cartas de la novia, las fotografías de la esposa y los hijos, o el paquete de la madre del Otro. Entendieron entonces que el Otro, el odiado enemigo, no era más que un joven lleno de ilusiones, como él, aunque con diferente uniforme. Fracasado su intento, volvieron a sus parapetos. Al día siguiente se siguieron disparando por obligación, pero ya sin odio. 
La segunda es una historia real: se la recuerda como la Tregua de Navidad. 
En julio de 1914, las tropas alemanas invadieron Bélgica para llegar rápidamente a París, pero el contingente anglo-francés los detuvo en Yprés, a costa, eso sí, de gran cantidad de bajas en ambos bandos. 

El frente se inmovilizó en un equilibrio de fuerzas y la llegada del invierno, con sus lluvias, nieve y frío no hizo sino complicar la situación, ayudada por los parásitos, las ratas, el barro o el hielo en que vivían los soldados. 
En este contexto, el 24 de diciembre los alemanes dejaron de disparar y comenzaron a “decorar” sus trincheras con lo que podían. La artillería cesó su actividad. En algunos sectores, se permitió retirar a los caídos en la tierra de nadie. Esa noche, en ambas trincheras, entre la nieve y el hielo, se cantaron  villancicos, entre otros, Noche de Paz. 
Al día siguiente, Navidad, ocurrió algo inaudito: un soldado británico dejó su fusil y sus cartucheras, abandonó el parapeto, desarmado, y se dirigió hacia el enemigo. Sus compañeros temieron por su vida y pensaron que estaba loco pero, desde el otro lado, otro joven salió también sin sus armas y fue a su encuentro. Se saludaron y quizás intercambiaron unos pobres regalos. Otros soldados se sumaron rápidamente. 
Hasta ayer enemigos irreconciliables y hablando lenguas diferentes, la noche anterior habían descubierto algo común y, sin que se sepa cómo, esa mañana acabaron improvisando un partido de fútbol en esa odiada y temida tierra de nadie. Los respectivos mandos reaccionaron pronto ante tamaña insubordinación; se llamó al orden a la oficialidad, se exigió a la tropa la vuelta a las trincheras, la artillería recibió la orden de abrir fuego de nuevo. 
A partir de entonces, por estas fechas y para evitar nuevos desvaríos, desde los generalatos se ordenaba recrudecer los bombardeos sobre el enemigo.
La guerra todavía duraría más de tres años. Se introdujeron los gases y otras armas cada vez más mortíferas; los muertos sumaron unos nueve millones, casi todos ellos jóvenes. Europa se llenó de cadáveres, de mutilados, de padres desolados, de viudas y de huérfanos, de supervivientes que no superarían nunca, psicológicamente, lo que sufrieron durante esa larga etapa de su vida.
Quedó, eso sí, marginada durante muchos años por la historia, recordada sólo por un puñado de combatientes, la hermosa Tregua de Navidad.
Este año para nosotros, Feliz Navidad, independientemente de si eres cristiano, profesas cualquier otro credo o no tienes ninguno, deseamos que signifique justo esto: un paréntesis temporal, marcado por nuestra tradición, en que podamos permitirnos el lujo, el placer, de ver a cada persona de buena voluntad, incluso si la circunstancias lo han llevado a ser temporalmente el enemigo, sencillamente como lo que en el fondo es: un semejante; alguien con quien permitirnos el placer de compartir lo que tengamos.
Que el año 2017 os sea grato y para recordar con alegría. Y, para seguir con la tradición, no olvidéis cantar villancicos, independientemente de vuestras creencias o descreencias.
Con nuestros mejores deseos, un abrazo de

La familia Torrijos - Van Schoor

domingo, 13 de marzo de 2016

Reflexiones sobre un poema de Mn. Cinto Verdaguer

                       La poesía no se hace con palabras
                     sino con el significado que tienen las palabras.

                                       ****
              Poeta i llaurador soc
              i faig la feina tan neta
              que llauro com un poeta
              i escric com un llaurador

                           Mn. Jacint Verdaguer

Desde que lo leí por primera vez, hace ya tantos años, siempre me ha resultado sugerente ese deseo de unir, de hacer uno, el amor a las palabras y el amor a la tierra. O mejor dicho, de casar sus significados.
De un lado las palabras. Sonidos o grafías que no sólo son conjuntos de letras con un significado culturalmente compartido: son elementos que nos hacen realmente humanos, que nos permiten pensar y comunicarnos. 
Las palabras sanan o hieren, acercan y alejan, provocan encuentros y motivan rechazos. Cuando estudiaba antropología me contaron la historia de un pueblo pacífico —lo siento, no tengo más datos ni referencias etnográficas que mi recuerdo— cuyos componentes tenían como costumbre, al levantarse, poner en común sus sueños e interpretarlos en grupo. Así mantenían, mediante la experiencia más personal compartida con la palabra,  la concordia entre ellos y con sus vecinos. Al tiempo que se hacían, día a día, un poco más conscientes de su mundo interior.
Aquí, de una forma un poco más caótica e individualista, cualquier terapia psicológica implica, en diversos grados, el lenguaje, el relato de cómo interpretamos lo que nos rodea. Como en cualquier amistad, como el mantenimiento de cualquier amor.
Del otro la tierra como productora de alimentos. Otra faceta de nuestra humanidad. Una tierra considerada muchas veces sagrada, de la que se tomaba sin robar, a la que se vuelve tras el paso obligado por esta vida. Una tierra cuyo significado —porque, al igual que la poesía, la agricultura y la horticultura también se viven cargadas de significados— parece estar recuperándose en nuestras sociedades. 
Y es en este contexto en el que el poema de Verdaguer cobra de nuevo sentido: labrar como un poeta; escribir como un labrador. Acercarse a pedirle sus frutos a la tierra de la misma manera con que se va construyendo un poema —el “golpe a golpe, verso a verso”,  de los Cantares de Antonio Machado—. Escribir siguiendo el rito de sembrar, regar, cuidar… y dar su tiempo a cada fruto. Con las mínimas artificialidades, sin presiones ajenas. Dejando que cada planta fluya a su propio ritmo y organice sus rimas como si de un poema se tratara.
Y una última consideración respecto a esta pareja de conceptos. Ambos comparten, valga la redundancia, la necesidad de compartir para realizarse en plenitud. Porque tanto el poeta como el agricultor se caracterizan por compartir sus frutos. 
El poeta real, no esa parodia moderna de poeta que nos intentan vender a veces, es el descendiente de los antiguos bardos, de los trovadores medievales que recorrían Occitania. Porque la auténtica poesía se  acompaña de música, se canta y pertenece a un pueblo, a una comunidad, del que forma parte, porque nace y crece de y con él. Como los frutos de la tierra que marcan nuestros gustos y nuestras dietas. Cargados, ambos, de significado.

Ferdinandus, d.s. bajo el signo de Piscis

domingo, 21 de febrero de 2016

Memento (Recuerda). Reflexiones.

¿Es posible estar totalmente seguro de algo y, pasado el tiempo, estar todavía más seguro? La respuesta, obviamente, es sí.
Me ha pasado a mí con una opinión que tengo casi aburrida de tan recurrente: saber que a mi peor enemigo lo llevo dentro. Ya sé que es difícil de entender, porque a la gente común estas cosas no suelen pasarle, pero a mí me tiene amargada esta historia. El tal es un tipo que se me asemeja bastante —aunque no soy exactamente yo— y con el que convivo desde que guardo recuerdos. Es al que he bautizado como “mi Yo Imbécil”.
Es pretencioso, negativo, poco dialogante, sin empatía … un imbécil, vaya. Pero está ahí y por más que he luchado por echarlo el tipo sigue de okupa y encima haciendo ruido con excesiva frecuencia. Y lo que es peor, a veces tengo la sensación de que me es necesario, de que tiene una función que todavía no he descubierto, de que debería aceptarlo.
Lo cual me tiene sumergido, a ratos, en una especie de vaivén emocional cuanto menos curioso.
Entre tanto, a él le dedico esta caligrafía, no tanto para que desaparezca —tarea no ya ardua, sino imposible y quizás, incluso, indeseable— sino para que, al menos, se tome un descansito de vez en cuando y no dé tanto por el saco.
Alguna vez, otra parte de mí, desgraciadamente más esquiva y menos evidente, e igualmente similar a mí, pero también sin ser exactamente yo —“mi Yo Sensato”, la llamo— se me acerca quedo, me pone su mano en el hombro —metafóricamente, se entiende— y me dice por lo bajo: “tocayo, esta mañana de nuevo el Otro se ha hecho cargo de la situación y veo que domina el tema”. Y cuando asiento con la cabeza, sin mediar más palabras, él prolonga el silencio hasta que pesa y entonces pontifica, alegremente: “Estamos bien jodidos”.
Son esas mañanas, demasiado frecuentes, en que me despierto encerrado en una sensación de rutina, y me cuesta trabajo entender el inmenso privilegio que significa abrir los ojos a un nuevo día.

Ferdinandus, d.s. Bajo el signo de Piscis

lunes, 21 de diciembre de 2015

De solsticios, equinoccios y otras naderías. Feliz Navidad y 2016 A.D.


La diferencia entre costumbre y tradición 
radica en el desconocimiento o conocimiento de los orígenes.


Dentro de unas horas, concretamente a las 5 horas y 48 minutos (hora oficial, no solar) del 22 de diciembre de 2015, dará comienzo, astronómicamente, el invierno y entraremos en el signo de Capricornio. La próxima luna llena será el día 25, a las 12 horas 11 minutos, situada en Cáncer. Todo ello según los datos que ofrece el Ministerio de Fomento.
Siempre me he definido como un hombre equinoccial. En este sentido, y lo sé, me repito, defiendo que el comienzo del año debería coincidir con el equinoccio de primavera, alrededor del 21 de marzo. Es en esa fecha en la que comienza el año astrológico —el primer signo, de todos es sabido, es Aries— e incluso, durante ciertos períodos de la Edad Media, y en unos países más que en otros, fue también el comienzo del año litúrgico, el denominado Anno de Gratia (A.G.) — diferenciado así de Anno Domine (A.D.)— que tenía una lógica aplastante: Si Cristo nace en la medianoche del solsticio de invierno, su llegada al mundo no habría que celebrarla ese día y a esa hora, sino cuando María, su madre, queda embarazada y Él se encarna, justo nueve meses antes, en el equinoccio de primavera. Para entender su importancia en nuestra historia “culta” búsquense cuadros de pintores famosos con el tema de la Natividad y compárense con los encontrados del tema de la Anunciación.
¡Pero si hasta en el Concilio de Nicea —allá por el 345 d.C.— uno de los puntos claves fue el establecimiento exacto de la Pascua, fecha alrededor de la cual había de girar el resto del año litúrgico! Y, obviamente, se decidió que fuera el domingo posterior al primer plenilunio tras el equinoccio de primavera. Qué curioso —o quizás no tanto— que en la imaginería cristiana coincidan, días arriba, días abajo, la llegada de Cristo a la Tierra —su encarnación, no su nacimiento— con su muerte, resurrección y ascensión definitiva a los cielos. 
Pero somos animales de costumbres y de celebraciones sin lógica ni tradición. 
Así que, cómo extrañarnos de celebrar el año nuevo el 1 de enero ¿qué pinta esa fecha, qué tiene que ver con el año trópico, tan propicio a establecer hitos y mojones en el tiempo religioso y civil? Pues nada. Cuentan viejas crónicas —creo recordar que lo leí en un texto de G. J. Whitrow, pero no tengo la referencia precisa— que era el momento en que, en la antigua Roma, se elegían cónsules. Ahí es nada. Pero la gente ya se sabe: a su bola.
El debate sería largo y prolijo. Y no merece la pena. Para los cristianos, pues: Feliz Navidad; para los solsticiales: Feliz Año Nuevo. Esa noche será la más larga del ciclo anual. A partir de mañana los días —la luz— irán ganando un corto espacio de tiempo a las noches —la oscuridad—: de ahí que tantos dioses —Cristo, Krisna, Mitra, Osiris …— hayan nacido en esta fecha y pueblos como los griegos o los romanos celebraran la llegada del Nuevo Sol, o Sol Invictus o fiestas agrícolas en honor de Dionisios o Saturno. Es el llamado solsticio hiemal, el que abre la puerta al invierno.
Lo de la Navidad el 24 y la noche vieja el 31, pues, se lo dejo a los aficionados a los villancicos, la jarana, las campanadas y a las uvas.
Ferdinandus, d.s. Bajo el signo de Sagitario, todavía.

P.S. Por cierto, que Cristo naciera el 24 de diciembre no se decidió por parte de la Iglesia hasta bien entrado el siglo IV, durante el dramático pontificado de Liberio y que dentro de unos días comencemos el año 2016 no se estableció, al parecer,  hasta el siglo VI, cuando el papa Juan I le encargó al monje Dionysius Exiguus que investigara sobre el tema, llegando dicho erudito a la conclusión de que el año de la Encarnación había coincidido con el 754 de la fundación de Roma. Luego siguieron los líos con las fechas, pero eso ya son historias olvidadas y sin sentido para la mayor parte de nosotros nosotros, tan aficionados a la costumbre.


jueves, 29 de octubre de 2015

Barbarie vs. Humanidad (o viceversa) en El Gran Hotel Budapest


¿De qué sirve polemizar con la nada? Ya es hora de serenarnos, de triunfar sobre la fascinación de lo peor. No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿De dónde surgirán? No importa. Por el momento, bástenos saber que su arrancada no se hará esperar, que mientras se preparan para festejar nuestra ruina meditan sobre los medios para volver a erguirnos, para poner punto final a nuestros raciocinios y a nuestras frases. 

                                   E. M. Cioran, La tentación de existir.

Cada cual interpreta lo que ve, crea lo que percibe. Tiene que ver con quiénes somos, pero también con qué hemos vivido previamente, incluso casi inmediatamente antes. 
Unos días antes habíamos visto Whiplash (Damien Chacelle, 2014), una película dura, que narra la vida de un joven batería de jazz que intenta triunfar y cómo un profesor —el Sr. Fletcher— aplica una metodología realmente dura para conseguirlo. Sólo el esfuerzo máximo, sobrehumano, puede llevar a la gloria, parece indicarle constantemente. Únicamente si soportas la inmensa presión que conlleva puedes acceder al triunfo. Lo demás, la vida, el amor, la familia, no cuenta: sólo la gloria. En un momento, Fletcher dice una frase que, más o menos, era así: “bien hecho” es algo que no se debería decir nunca; porque todo se puede mejorar. Me agobió, lo reconozco, esa ansia neurótica por el perfeccionismo tan en boga en algunas sociedades y grupos.
Después vimos, también en familia, El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014). De nuevo una relación maestro-alumno, pero en esta ocasión se defiende la humanidad. Se busca el éxito pero no a cualquier precio. En un momento determinado, Mr. Gustave, el conserje, el maestro, le dice a Zero, el discípulo, el botones: “bien hecho”. Sonreí al oírlo.
Cada cual, reitero, interpreta lo que ve. Yo, en Gran Hotel Budapest, decidí ver una película que trataba de la dialéctica entre Humanidad y Barbarie, una historia de la lucha contra la decadencia. 
Paradójica, porque la puesta en escena podría clasificarse como estéticamente “decadente” y donde los valores de los protagonistas parecen trasnochados y fuera de lugar. Y a pesar de todo, me pareció la más actual de las dos. Porque propone un futuro con corazón.
La historia: un flashback en que un escritor moderno describe cómo conoció a Zero y éste le relata sus aventuras como seguidor del mítico monsieur Gustave.
El lugar central: un hotel de lujo situado en un país imaginario, la república de Zubrowka, en el centro del continente.
El contexto histórico: la Europa de entreguerras.
Los protagonistas: Mr. Gustave, conserje del idílico hotel que, además de planificar a la perfección la marcha del establecimiento, perfumarse con la exclusiva L’Air de Panache o leerle poesías al resto de los empleados a la hora de las comidas, se dedica a “mantener contentas” a las señoras entradas en años que vuelven cada año con la excusa de “tomar las aguas”; Zero Mustafá, un botones, que se convierte en el protegido de Mr. Gustave; y Agatha, trabajadora de una pastelería exquisita, que acabará prometida con Zero.
Siendo tan diferentes tienen, sin embargo, mucho en común: su pasión por hacer bien su trabajo, su fidelidad al establecimiento y a los amigos, su sentido del honor, una opinión de la vida en la que las formas son básicas…. etc. etc.
El argumento: Nuestro admirado conserje recibe, en el testamento de una de las octogenarias a las que consuela, una pintura renacentista de gran valor que la familia de la finada, por supuesto, no está dispuesta a perder. Los tres protagonistas se encargarán, mediante audaces peripecias, de recuperarla.
Así de sencillo. Y sin embargo…
Lo me me conmovió, aparte de la belleza de la puesta en escena, el trabajo de sus actores y la meticulosidad de su montaje, fue su fondo, su moraleja: Frente a la Barbarie sólo puede erigirse la Civilización como epítome de la Humanidad, representada en su caso por el formalismo más acendrado, la defensa de la buena educación en las relaciones sociales y un sentido intemporal de la justicia. Todo ello apoyado en la defensa de mantener, en cualquier situación y aunque puedan parecer ridículas, absurdas e incluso contraproducentes, eso que antes se daba en llamar “las buenas maneras”.
De no ser así, parecen decirnos, de rendirnos a la falta de educación, a la grosería y a la insensatez implícita en la aceptación de la tiranía de la modernidad, la civilización está perdida y únicamente le queda seguir, acelerada, el camino en curso: el de la decadencia.
* * * * *
Decadencia, palabra maldita. En Occidente es un tema recurrente; ya desde los tiempos de San Agustín se aceptó la idea de que las sociedades, al igual que cualquier otro ser vivo, tienen un ciclo de vida —nacimiento, plenitud, envejecimiento y muerte— y, por tanto, sólo queda dilucidar en qué etapa nos encontramos y cuánto puede durar. Luego vendría  Edward E. Gibbon, que en el s. XVIII pondría los pilares con su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, y lo coronaría Oswald Spengler con la publicación de La decadencia de Occidente, precisamente en la época de entreguerras en la que se sitúa esta historia.
Incluso hoy, y a pesar de las apariencias de triunfo del desarrollo científico y tecnológico, no es difícil encontrar argumentos pesimistas para justificar que ese camino hacia el precipicio es ya imparable, al menos en Europa. 
De entre estos múltiples argumentos, el del envejecimiento demográfico quizás sea el más palmario, aunque hay quien prefiere el deterioro ecológico, el cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales o el fin del ciclo consumista. Y, visto lo visto,  más de uno se prepara, tras una minuciosa atención a los medios de comunicación, para un final quizás no muy lejano de nuestra forma de vida, a todas luces, según los agoreros, insostenible.
¿Quiénes serán los próximos dominadores tras la desaparición de los modernos dinosaurios (nosotros)? Pues como ya señaló Cioran, los de siempre: los bárbaros. Pueblos ajenos, demográficamente jóvenes, optimistas, luchadores, ambiciosos, poseídos de un claro sentido de la existencia, creyentes en su futuro y alejados de esa triste afición a la complacencia en la mierda tan propia de la autocrítica vana, metódica y sistemática con que tantos se prodigan por aquí. 
Pero, señalan los entendidos, de forma similar al citado Imperio Romano, antes de la llegada de bárbaros exteriores triunfarán —ya están triunfando— los interiores, los nuestros, los “de casa”. Y dejo al albur de cada cual que los elija, los clasifique y cuantifique su impacto.
Pero volvamos de nuevo atrás. En la Europa de entreguerras los bárbaros interiores triunfaron plenamente y únicamente con posterioridad estuvieron claramente tipificados. Fueron los regímenes totalitarios que triunfaban por doquier, de la Alemania nazi a la Rusia estalinista y otros “ismos” al uso. Lo cual no ha evitado que, pese a la derrota de los fascismos, la aparente moderación de nacionalismos exacerbados y la caída del Muro de Berlín, hoy se hayan suavizado las críticas a sus seguidores más recalcitrantes, que aún campan por sus respetos proclamándose, de nuevo, “salvadores de pueblos y de patrias”.
En la primera mitad del siglo XX llegaron y se impusieron —con distintas suertes y con duraciones dispares—  porque las hipócritas democracias nominales se manifestaron débiles, cobardes e incapaces de ejercer su poder legítimo para enfrentarse a la fuerza bruta y defender sus ideales con decisión y valor. En una palabra: decadentes frente a la barbarie apoyada de forma suicida, incluso, por una buena porción de sus habitantes, muchos de ellos pretendidos intelectuales.
Se repetía desde la antigua Grecia —y se sigue repitiendo— un esquema ya clásico de las decadencias: Los aristoi —“los mejores”— renuncian a hacerse cargo de sus responsabilidades sociales y se convierten en tiranos. La palabra aristocracia, lejos de mantener el significado original, pasa a definir a los componentes de una élite formal, hereditaria, cobarde y decadente, que acabará plegándose a cualquier cosa con tal de mantener los privilegios derivados de su estatus, aunque sea cambiando de chaqueta (en otros tiempos y lugares fueron condes y marqueses, o miembros del Politburó o la intelligentsia, ahora podrían ser políticos y empresarios afines). 
En estas nuevas fases, a veces tras vicisitudes y revoluciones, otros nuevos conceptos entran a dominar la escena política y social disfrazados de una cacareada democracia —el gobierno del pueblo— más formal y aparente que real: 
La plutocracia —el poder de la riqueza—, que tiende a dominar las instituciones y a diseminar la corrupción para mantenerse en el poder;
La oclocracia —la tiranía de la mayoría—, que se manifiesta cuando la demagogia se convierte en la forma de acceder al gobierno y el “pueblo”, tras el indoctrinamiento y la manipulación —el triunfo de los “ísmos”—, se ha convertido en plebe, en chusma (oclos); y por último, y como resultado de todo lo anterior, llega el triunfo de 
La cacocracia, opuesta a la original aristocracia y que significaría, esta vez de forma categórica, “el gobierno de los peores”. 
En ella hay que asumir que la corrupción y el descalabro, la incompetencia palmaria de los dirigentes y la voz en grito para tapar el vacío de ideas, estarán servidas como plato del día y la fuerza —del dinero, de las armas, de los demagogos, de los inútiles organizados— triunfará de forma incontestable arrollando a quienes no se identifiquen con la tribu del “ismo” dominante y comulguen con sus ruedas de molino.
En este ambiente, perfectamente retratado en la Europa de entreguerras, pero quizás no tan ajeno a nuestros propios tiempos, estos tres personajes, ajenos a las estúpidas élites tradicionales a las que sirven con su trabajo, se disponen a mantener las formas, a defender la educación esmerada y las buenas maneras y a salvar lo insalvable. 
Y, siendo como son contradictorios, al tiempo humildes y ambiciosos, valientes y amantes de la buena vida y la comodidad, lo logran manteniendo en pie, mientras pueden, su pequeño mundo, el Gran Hotel Budapest. 
Si no se puede salvar al mundo, parecen decirnos, salvemos nuestro hogar; si no podemos detener la caída, porque no somos dioses y estamos solos frente a tanta necedad y cobardía, luchemos, al menos, para ralentizarla. 
Si la Civilización está en peligro, intentemos coexistir —sin contaminarnos—al lado  de las nuevas élites bárbaras que tanto aplaude esa plebe animada, apreciando el valor de un clarete de buena añada y una opípara comida. Y que el resto del mundo (nosotros, de nuevo) pierda el tiempo lamentándose de todo lo que ha perdido por su cobardía y su estulticia. Mientras llegan los nuevos bárbaros que lo limpiarán todo. Amén.

Ferdinandus, d.s. bajo el signo de Escorpio

miércoles, 7 de octubre de 2015

Soy del Sur. Reflexiones. 2. Amor y Libertad.

Muy importante; básico, vaya. Si todavía no conoces el pensamiento del profesor Bellavista plantéate dedicar un tiempo a leer a Luciano de Crescenzo. De él están tomadas las ideas que siguen. 
Pero vayamos, como siempre, por partes.
El profesor Bellavista es un personaje de ficción —o eso supongo— ideado por De Crescenzo como una especie de alter ego. El personaje es un profesor de filosofía retirado que discute con sus amigos sobre todo lo discutible en su piso de Nápoles, que invierte su tiempo en reflexiones y vida social y que combina en sus opiniones, de forma magistral, la sensatez con la poesía.
En su cosmovisión, la humanidad suele dividirse en dos bandos, siempre curiosos y atípicos: entre los que se duchan y los que se bañan (él es de los segundos); cuando llega la Navidad, entre los arbolistas (que le dan, sobre todo importancia a la Forma y al Poder) y los belenistas; en la oficina, entre los que ya les está bien el café de máquina y los que no pueden pasar sin ir tomarlo al bar cercano (hermosísima, su apología del café de cafetería). Y la que aquí nos ocupa: entre los que optan por la Libertad —que él define como “a un mismo tiempo, deseo de que no nos opriman y deseo de no oprimir”— frente a los que escogen el Amor como eje de sus vidas. 
El Norte y el Sur, en su caso circunscritos a Italia: los primeros representan más a los milaneses, los segundos, a los napolitanos. 
Para explicar su particular teoría recurre a un plano de coordenadas cartesianas dividido en cuatro cuadrantes donde cada cuál ha de situarse o situar a sus congéneres. En este sistema, el eje vertical marca la oposición entre la Libertad y el Poder; el horizontal, entre el Amor y el Odio. Y cada uno ha de situarse en un punto que marcará no sólo la relación entre dos elementos predominantes, sino la intensidad de cada uno de ellos. (Op. cit. pág. 148)

Como ejemplo, él mismo nos ofrece su opinión sobre personajes históricos conocidos situándolos en los distintos cuadrantes (Op. cit. pág. 153)

Y ahora viene la aportación que a mí me pareció magnífica: la dicotomía Norte/Sur, en vez de formularla como una oposición, él la estructura en el primer cuadrante (arriba a la derecha) y la positiviza: las personas pueden ser más partidarias de la Libertad (Norte) o del Amor (Sur), pero la parte de humanidad a la que él se refiere está tan alejada del deseo de Poder como del Odio (cuadrantes dos, tres y cuatro). 

Los más adictos a la Libertad (A) se sentirán más del Norte, serán más individualistas, más “emocionalmente distantes” —lo cual no significa que sean menos solidarios o más fríos, no nos equivoquemos—, con tendencias a la introversión y a valorar, por encima de otras consideraciones, su privacidad. 
Los más vinculados al Amor, al Sur, se dejarán llevar más por su corazón; sus amigos serán como de la familia —lo cual no significa que sean siempre fiables, como la familia— y su casa estará generalmente abierta, aunque a menudo vacía por su tendencia a disfrutar de los espacios públicos compartidos.
A1 y B1 tendrán características similares a A y B pero sin tanta intensidad. Representarán, en cada caso, un aspecto vital más “mediocre” —sin implicaciones peyorativas, por favor— de cada opción.
Y como propuesta ideal: el camino de en medio (C), el equilibrio, la tendencia a la equidistancia entre razón y emociones, entre privacidad y socialización y, si es posible, vivida intensamente. El punto C1 representará, en caso de existir, al “ni Sí ni No sino todo lo contrario”, al tibio por excelencia y además, sin brío; aunque innegablemente, también buena persona.
Y tú, independientemente de dónde hayas nacido o dónde vivas ¿dónde te colocarías? ¿en qué cuadrante? ¿cómo son tu pareja o tus amigos? Si eres capaz de responderte con honestidad, quizás encuentres algún motivo nuevo para reflexionar sobre tu vida.
Referencia bibliográfica: DE CRESCENZO, Luciano.— Así habló Bellavista. Nápoles, amor y libertad. Madrid, Mondadori España, S.A., 1987. 
¡A leerlo y a disfrutarlo, que merece la pena!

Ferdinandus, d.s. bajo el signo de Sagitario.

martes, 6 de octubre de 2015

Soy del Sur. Reflexiones. 1. Gemeinschaft und Gelleschaft

Esto es, en estos momentos, más que una afirmación, un deseo. Porque ser, lo que se dice ser, creo que soy más del Norte. A pesar de que a veces me pese.
Pero vayamos por orden y hagamos algo de historia y un poco de reflexión. 
Gemeinschaft  y Gelleschaft: Difíciles de recordar, estas dos palabras alemanas se traducen como “comunidad” y “sociedad”. Pero desde 1887, año en que el sociólogo Ferdinand Tönnies escribió un libro titulado así, se convirtieron en términos antagónicos que representaban dos formas distintas de entender las relaciones sociales.
Simplificando mucho la teoría de Tönnies, la Gemeinschaft —Comunidad— sería una forma de asociación en que el individuo se siente, ante todo, parte de un grupo. Éste orienta su vida, le provee de pautas morales y a su bienestar supedita sus decisiones personales: una familia tradicional podría servirnos de ejemplo positivo; en su aspecto negativo, la Mafia sería un buen referente. En este tipo de organización destacan las relaciones personales y es rica en expresión emocional. Sus aspectos más negativos tienen que ver con el amiguismo, la fijación de las desigualdades o la tendencia al inmovilismo, entre otras muchas. Quién eres está definido, en gran medida, por la filiación, y tu lugar social depende no sólo de quién eres, sino de a quién conoces.
La Gelleschaft —Sociedad—, en cambio, sería una forma de asociación donde lo que cuenta es el individuo. Para que nos entendamos, forma el sustrato de algunas bases del liberalismo político, o del moderno Estado del Bienestar. Es más frecuente la movilidad social y se premian virtudes como el trabajo y el autocontrol. En el lado oscuro, un nivel más alto de soledad, la tendencia al perfeccionismo y el exceso de burocracia.
Y ahora, o reconozco, salimos del terreno de la ciencia para entrar en prototipos, lugares comunes e, incluso, prejuicios. Pero es que se trata de reflexionar, no de pontificar, y los ejemplo tienen eso: son limitados y generales. Así que, una vez advertidos, vamos allá.
Para los primeros lo importante son los lazos comunitarios; para los segundos, las normas y leyes consensuadas. En unos predominarán los sentimientos; en los otros, la racionalidad; aunque sin exclusivismos, obviamente.
En el fondo, todas las sociedades humanas combinan ambos conjuntos de características, pero en unas predominan las primeras y en otras las segundas.
Si generalizamos, aunque esto nos fuerce a perder matices, podríamos decir que la Comunidad — Gemeinschaft— predominaría en los países del Sur; en el Norte, en cambio, predominaría la Gelleschaft .
Es la primera aproximación a la dicotomía Norte/Sur. Al Norte —generalizado mucho, y como lugar común—  se encontrarían los países de base religiosa protestante, metódicos, respetuosos, silenciosos, frugales, generalmente desarrollados, con democracias consolidadas; el estado eficiente. Al Sur predominarían el catolicismo —ojo, como cultura, no forzosamente como sistema de creencias—, la alegría, el compadreo, los amigos, la casa abierta… pero también el amiguismo y las recomendaciones, el caciquismo, la ineficiencia. 
En el Norte, el tiempo es un bien escaso —“el tiempo es oro”—, la puntualidad una exigencia y la gente suele vivir estresada; en el Sur es la suma de momentos en que nos socializamos, la base para trabajar amistades, para relacionarse. Eso sí, no esperes, si quedas a una hora, que la gente llegue a tiempo. 
En el Norte los espacios más importantes son los privados —la casa, incluso el estudio donde se trabaja—; en el sur los públicos —el bar, la calle—. En el Norte los problemas son personales y, por extensión, del Estado. En el Sur, algo a compartir con familia, amigos y hasta vecinos. 
En el Norte primaría la introversión —aunque los norteamericanos hayan hecho del “cómo tener amigos” casi una obligación moral— y en el Sur la extroversión —aunque tengamos en nuestra historia místicos de la talla de Santa Teresa o San Juan de la Cruz o gente que toca la guitarra como Paco de Lucía—.
Son las diferencias de formas de vida —con sus pros y sus contras— que podemos encontrar entre un ciudad de Suecia y el Caribe, para que nos entendamos.
Dos aclaraciones finales: Una, como ya he comentado, Norte y Sur son sistemas de calificación genéricos relacionados con formas de socializarse, que no siempre se corresponden con latitudes geográficas ni a climas específicos, aunque haya ciertas coincidencias. Por ejemplo, Irlanda es un país más sureño que algunas regiones de España. O, en la Italia meridional, a los habitantes de Turín o Milán los consideran tan del Norte como a los alemanes.
Dos. El Norte y el Sur, como arquetipos, nunca aparecen de forma pura. Hasta en las sociedades más racionalistas existen las emociones —y funciona la publicidad— y en las más sentimentales se trabaja frecuentemente con elecciones racionales —excepto en política en tiempos de crisis— y, al menos en algunas personas, es normal un cierto grado de sensatez.
Ser del Norte, o ser del Sur es, por tanto, adscribirse —prioritariamente, insisto, no de forma exclusiva— a un sistema donde predomina lo que Tönnies denominaba la Gemeinschaft o a otro donde lo hace la Gelleschaft. Con sus ventajas y sus inconvenientes. Con sus beneficios y con sus riesgos. Y es, hasta cierto punto, una decisión personal, siendo la suma de la mayoría de esas decisiones la que conforme las relaciones sociales.
Por eso decía, al comienzo, que la afirmación de ser del Sur es, en mi caso, más la formulación de un deseo que una realidad. A pesar mis necesidades emocionales, que tengo como cualquier hijo de vecino, de mis deseos de ser del Sur —como esos alemanes que sueñan en venir a vivir, jubilados, a Mallorca o a Andalucía, y no sólo por las playas o el clima— he sido siempre poco sociable, puntual, introvertido —casi intimista—, dado a quedarme en casa y poco amigo de juergas.
Hay una visión más interesante en esta “confrontación”: la que adjudica al Norte la predominancia de la Libertad —entendida como, “a un mismo tiempo, deseo de que no nos opriman y deseo de no oprimir”, según el Profesor Bellavista— frente al Sur, en que predominaría el Amor. 
Pero de esto ya hablaré en la próxima entrada, dedicada a este curioso y entrañable personaje.

Ferdinandus, d.s. bajo el signo de Virgo.

jueves, 20 de agosto de 2015

Nostos (νόστος). Una consideración: Ítaca no es Arcadia

Frente a un Plauto (254-184 a.C) que acuñara la frase “Homo humini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre) popularizada por Hobbes, a Lutero o Freud, que defendieron la existencia de cierta “maldad natural”, otro grupo ha defendido la bondad como característica propiamente humana y han culpabilizado a la organización social —a unas más que a otras, claro está— de los males que nos aquejan como especie. 
Los adamitas, que aparecieran en el siglo II, fueron una secta cristiana que, mediante la desnudez, pretendían regresar a la inocencia del Edén previo a la Caída. Perseguidos, renacerán en el siglo XIII en Bohemia o Flandes, hasta que fueron exterminados en el siglo XV. El P. Bartolomé de las Casas, en el s. XVI, ya defendía la bondad de los indios americanos frente a la maldad de los conquistadores españoles; Jean-Jacques Rousseau, en el s. XVIII, acabó de formular la teoría, que se extiende, desvirtuada, a partir de la Revolución Francesa: el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad pude corromperlo. Los últimos panfletos, preciosos, por cierto, de la especie que recomiendo encarecidamente son el libro Los Papalagi, un conjunto de discursos atribuidos al jefe samoano Tuiavii de Tuiavea  y la magníficas películas Bailando con lobos, dirigida e interpretado por Kevin Costner y  Avatar, dirigida por James Cameron en 2009. 
Expongo lo anterior para que se entienda la existencia, en el imaginario colectivo occidental, de otro lugar no menos importante que Ítaca en la mítica occidental: Arcadia.
Occidente la ha añorado, al menos, desde la Edad Moderna:Arcadia es ese lugar feliz, de santa sencillez, bucólico, donde los pastores —o los integrantes de cualquier otro pueblo ágrafo y poco desarrollado tecnológicamente— viven en comunión con la naturaleza y demuestran las maravillas de la bondad natural. El nacimiento y popularización del mito del buen salvaje, del hombre primitivo íntegro, feliz y unido a la Naturaleza, con la que se integra y a la que respeta,  ha pertenecido al imaginario colectivo de una parte importante de la población educada. 
Volver a la Arcadia feliz, recobrar el Paraíso terrenal previo a la Caída, o construirlo de nuevo en este mundo, sin esperar al Más Allá, también ha sido un viaje repetidamente deseado. Una de las utopías más prolíficas, amalgama de tantas y tantas revoluciones religiosas y sociales y fundamento del terrible dicho popular: “el camino a los infiernos está plagado de buenas intenciones”.
De ahí la diferencia. Ulises no añora Arcadia, sino Ítaca. No lucha por regresar a un mundo feliz que sólo existe en imaginaciones de personas sensibles —o sensibleras, según quién lo comente—, sino a un mundo real, duro y terrible, que él mismo ayudó a construir antes de su partida. Y es más, no al mundo que fue sino al que ahora será, y que él sabe y acepta distinto al que dejó porque también él ha cambiado. 
En el canto XXIII de La Odisea, para que Penélope pueda aceptar que es él, Ulises le repite uno de sus secretos compartidos: dentro del patio de su palacio/hogar hay —si nadie lo ha cortado ni cambiado— un tronco de olivo; en torno a él edificó, con piedras, su dormitorio y le puso puertas; luego convirtió el tocón en el pie del tálamo nupcial y en él generaron a Telémaco. Diferencia, así, lo anecdótico, sujeto a cambios constantes, de lo esencial, que es lo que él se ha negado a olvidar en veinte años renunciando por ello, incluso, a la inmortalidad que le ofreció la ninfa Calipso.
Mientras regresa, Ulises sabe que tendrá que guerrear de nuevo, que deberá volver a usar su ingenio para recuperar lo que es suyo y otros quieren arrebatarle. Eso hace muy distinto el concepto de nostós de la simple nostalgia. Han pasado veinte años desde su partida; él y Penélope son más viejos, Telémaco es ya un hombre, pero Itaca sigue siendo su hogar y en casa hay un tálamo que todavía descansa sobre el tocón del olivo donde él lo puso.
Rizando el rizo y volviendo a mi afirmación de que todos tenemos varias Ítacas pendientes: la búsqueda interior, el regreso al hogar más profundo, requiere un conocimiento previo, un saber más que un imaginar o desear ser. 
Algunos, me parece que debo concluir, deberemos conformarnos con la simple nostalgia, con encandilarnos, incluso, con más de una utopía, personal o social. El nostós no es para los demasiados, que diría Nietzsche; tristemente para muchos, es tarea únicamente de héroes. 

Ferdinandus, d.s. Todavía bajo el signo de Leo.

lunes, 27 de julio de 2015

Una vieja misiva a mis hermanos

Podría escribir mucho, pero estoy cansado. Físicamente cansado. Y ya nos hemos dicho muchas cosas, aunque menos de las que hemos callado.
Quiero, simplemente, recordar una entrada de un blog ahora inactivo que utilicé para comunicarme, en la distancia y simbólicamente, con vosotros. Recordando cosas que compartimos antes de seguir cada uno su camino.

Edward Hall acuñó en los sesenta un término que me ha gustado siempre: proxémica. Consiste en una disciplina dedicada al estudio del espacio y de las interacciones de los seres vivos en su seno. Viene a decir que el espacio nos condiciona sin que nos demos cuenta y analiza cómo lo hace.
Al hilo de esta lógica, hablar de nuestra infancia sería insuficiente sin recordar los espacios en los que nos movimos: el barrio de trazado tortuoso, aquel trozo de calle con dos olmos y una parra, el callejón de al lado, las dos fuentes cercanas... la casa de la abuela.
La casa la había construido su padre, y supongo que tiene un sencillo armazón de vigas relleno con adobe. A la planta baja ¿recordáis? se accedía por una puerta vieja con la gatera al lado. Dentro, una especie de zaguán pequeño, fresco y oscuro, y a mano derecha la cocina compartida, con una única ventana cubierta con una alambrera. En el lado opuesto, el acceso a la habitación de abajo, donde dormían los abuelos y donde luego nosotros hicimos tantas siestas. 
Esa ventana, ya de por sí pequeña, quedaba limitada en su luz gracias a unos cuantos geranios pulcramente plantados en botes de conservas o algún tiesto de arcilla. En verano, la sensación de frescor era agradable; en invierno, el frío se acentuaba por la falta de luz. Y cuando digo que se acentuaba, quiero decir que se acentuaba.
Al lado de los basares había una miserable estufa de leña en la que se guisaba hasta que aparecieron, por obra y gracia de la modernidad, los primeros infernillos de petróleo. Luego también había una mesa pequeña y asientos, que no sillas, con el culo de madera o de cuerda cruzada. Y allí se guardaban también platos, cubiertos, ollas y sartenes....
Me falla la memoria, me traicionan los datos. No puedo concebir cómo en un lugar tan pequeño cabían tantas cosas y tanta gente. Pero así era. Porque, incluso tras morir el abuelo, los domingos, allí nos reuníamos nosotros cuatro, la abuela, Pedro y la Carmen, y si alguien se añadía era también bienvenido. Después se instalaría allí, también, el tío Poli cuando regresó de África.
Cuando se hacía de noche, la única luz provenía de una pobre y solitaria bombilla colgada del techo que se accionaba con un interruptor giratorio. Allí transcurría parte de nuestras vidas.
Un recuerdo: en verano, para paliar las molestias de las abundantes moscas, se colgaba del techo una tira adhesiva color miel en el que se pegaban y luchaban hasta que morían. Cuando estaba casi negra de insectos, se sustituía por otra y vuelta a empezar. 
Nuestra vida no era muy interesante, así que pasábamos largos ratos contemplando los estertores de aquellos animalillos. Pero el aburrimiento espolea la creatividad, y así fue que una tarde Pablo y yo decidimos —y no por compasión— mitigar los sufrimientos de una de aquellas criaturas por el método de la incineración. Tomamos la caja de cerillas, encendimos una y la acercamos para quemar al puñetero animalejo. Y entonces nos percatamos del significado terrible del concepto “inflamabilidad”, porque en un instante la tira adhesiva se incendió que daba gusto verla. 
Gracias a Dios no llegó la sangre al río y esa noche la familia durmió en la casa, pero en el techo quedó una inmensa mancha negra. Algo más tarde, nuestros culos tomaban un matiz morado a juego. Y es que madre nunca gozó de un fino sentido del humor ni apreció la creatividad. Una pena.
En el más allá, imagino que las moscas brindaban por su cumplida venganza. En el más acá, la cocina de la abuela aguantaba, estoica, otra hazaña nuestra. Y así perduró un tiempo, hasta que la volvieron a enjalbegar. Y nosotros a hacer otra de las nuestras. Es lo maravilloso de aburrirse de vez en cuando.

El original, por si lo habéis olvidado, en aquel viejo blog compartido: http://elmayordelajuanita.blogspot.com.es/2013/04/cartas-mis-hermanos-3-espacios-la.html
Ferdinandus, d.s. Bajo el signo de Leo.