domingo, 14 de junio de 2015

Nobody is perfect.

“Nadie es perfecto”, es la última frase y la conclusión, maravillosa, de una película de Willy Wilder que aquí se tituló Con faldas y a lo loco.
Para este trabajo he vuelto a utilizar el papel de un bloc que tengo en casa desde hará unos 20 años: un Calligrafie de la Schut Papier que compré en Bélgica. A pesar del tiempo transcurrido sigue manteniendo sus propiedades y, aunque con un gramaje limitado —130 gr— aguanta perfectamente la acuarela. El formato no deja de ser curioso —24x30 cm— y que no se adapta a las normas DIN y, en cambio, siempre me ha recordado el tamaño de los papeles fotográficos que utilizaba cuando todavía revelaba en casa en blanco y negro.

El resultado final, como siempre, muy mejorable. En la fotografía no se percibe, pero he intentado separar las minúsculas, dentro del mismo color, en dos partes, una mate y otra brillante. Para conseguirlo, en el negro he utilizado acuarela a la que luego he aplicado barniz, para lograr el brillo, y tinta china para la zona mate. En el rojo la combinación ha sido tinta y acuarela. Tendré que trabajar más esta técnica, porque no ha quedado como yo deseaba.
Otro “invento” ha sido combinar volutas y nudos celtas. Para el nudo he utilizado como referencia un trabajo previo realizado a partir de un original que encontré en la Auvernia francesa, en un manuscrito dedicado a la iglesia de Saint Pierre de Blesle y la Abbatiale Saint Austremoine (puede verse con detalle en http://ferdinandusscripsit.blogspot.com.es/2013/01/nudos-celtas-issoire-20084.html ). Si lo trabajo más puede hasta resultar interesante.

Respecto a la inicial, he intentado combinar un diseño muy sencillo —quizás demasiado— con elementos cadel. No ha acabado de convencerme.
Ferdinandus, d.s. bajo el signo de Géminis.


viernes, 12 de junio de 2015

Elogio de la imperfección. 2. Cuando el perfeccionismo nos bloquea.

Todos somos —unos más que otros— perfeccionistas. Suele gustarnos el trabajo bien hecho pero, al no existir la perfección, depende de dónde hayamos puesto el listón, podemos generarnos problemas.
Si entendemos la frustración como el resultado del incumplimiento de las expectativas es fácil entender que, como casi nadie desea vivir frustrado —si exceptuamos algunas patologías y cierta confusión entre tener sueños e incubar fantasías— se elaboraren estrategias para evitarla.
Como por ejemplo, luchar por cumplirlas, empeñarnos en mejorar las cosas que hacemos. Una vez detectado un error se reconoce y se corrige; si se observa una posible mejora a un coste asumible, se aplica. Incluso, se buscan soluciones alternativas, por el simple placer de experimentar.
Actuar desde esta perspectiva conlleva satisfacciones por resultados, aprendizaje constante y enriquecimiento vital. Pero esta opción no suele estar relacionada con la búsqueda de la perfección en sí misma, sino con el deseo de mejora y superación, que puede parecer igual, pero es muy diferente.
Más directamente vinculadas al perfeccionismo se observan, en cambio, otras. Una, inteligente aunque peligrosa, es ser más realistas y rebajar ciertas expectativas. El peligro reside en la posibilidad de infravalorarse y conformarse con mucho menos de lo que uno es capaz de hacer. ¿Quién no conoce a alguna persona que, si hubiera tenido algo más de confianza en sí misma, “podría haber llegado mucho más lejos”?
Aparece aquí un sentimiento vinculado al perfeccionismo que nos inmoviliza: el miedo al fracaso. Cuando nos domina nos retraernos y aceptamos ciertos resultados por precarios que nos parezcan. La estrategia entonces es convencernos de  que realmente la cosa no va con nosotros, que no nos importa tanto, así que, si lo que hacemos no sale tan bien como deseamos, tampoco pasa nada.
El resultado final suele ser una apatía solo aparente; he visto en más de una ocasión, en clase, adolescentes capaces que, para no frustrarse —especialmente si son varones y tienen una hermana brillante— lo que hacen es posicionarse en el pasotismo. Para defenderse de posibles fracasos se repiten: si no compito, no puedo perder.
Yendo un paso más allá, a algunos perfeccionistas frustrados, cuando son adultos y pueden decidir —de niños no podemos elegir no ir a la escuela—  se ofrecen una alternativa más dura: la inacción. Abandonar antes de comenzar, negarse  intentarlo o plantearse la posibilidad de soñar hacerlo. En este proceso, la presencia de adultos perfeccionistas en su infancia pueden haber tenido su peso: frases oídas a menudo como: “si no vas a hacerlo bien, mejor no lo hagas” no ayudan demasiado a educar en el riesgo de cometer errores.
Así que hay quien opta por la trágica estrategia de la comodidad: pasar por la vida “sin hacer”. Personas colapsadas frente a la toma de decisiones porque, sabiéndonos incapaces de llevarlas a cabo “bien” —y habría que preguntarse según el criterio de quién—, se han rendido de antemano. Da igual que se trate de montar un negocio, preparar un viaje, estudiar una carrera o declarar nuestro amor.
Todos sabemos que sin fracaso no hay frustración; pero a menudo, algunos, olvidamos que el coste de eliminar la posibilidad del dolor es la renuncia segura a la satisfacción. Un precio demasiado alto cuando se repite a lo largo de la vida, y es que evitar el dolor acaba provocando mucho sufrimiento.
Buscar la mejora en cualquier ámbito —el trabajo, la familia, o caligrafiar una simple inicial— es algo en lo intento implicarme cada día. Pero, dado que he pagado ese precio muchas veces, hace tiempo que lucho contra cualquier atisbo de búsqueda de la perfección. Me emociono cada vez que leo aquella frase que caligrafié de Joan Maragall (http://ferdinandusscripsit.blogspot.com.es/2015/04/joan-maragall-elogio-del-vivir.html), pero no quiero olvidar que, como señaló Jacques Monod, el milagro de la evolución es el resultado de millones de errores repetidos.
Ferdinandus, d.s. Bajo el signo de Géminis


miércoles, 10 de junio de 2015

Done is Better Than Perfect. Versión 1.1

(Trabajo realizado el verano de 2014)
Aunque la idea venía de lejos, tardé mucho tiempo en llevarla a cabo. Tenía ganas de probar de nuevo la caja de acuarelas que compré —Schmincke Akademie— y me hacía gracia jugar con degradados y con mucho color —¿quizás excesivo?—, más que nada por abrirme a nuevas perspectivas y ver si encontraba en la imagen algún reflejo mío que todavía no conociera.

Exactamente la misma frase y el mismo diseño, pero con un acabado cromático totalmente diferente.


Para esa ocasión volví a utilizar un papel cuadrado, con barbas a los cuatro lados, blanco, de Garzapapel.
Ferdinandus, d.s.

Bajo el signo de Virgo

martes, 9 de junio de 2015

Elogio de la imperfección. 1. Done is Better than Perfect.

Mis reflexiones sobre la imperfección vienen de lejos. “Asumir nuestras debilidades nos aleja de la perfección, pero nos ayuda a ser más tolerantes con los demás y profundamente humanos”: esta era la entradilla de un artículo que escribí para la revista CuerpoMente en abril de 2002. Han pasado muchos años, y cada vez defiendo el derecho a la imperfección con más ahínco; aún más, abogo por la necesidad de ser, y aceptarnos, imperfectos.
Pero vayamos por orden. Desde una perspectiva teológica, en su sentido más amplio, entiendo que la perfección, en caso de existir, sería un atributo exclusivamente divino.
Cualquier intento de conseguirla, por tanto, no sería más que un pecado de soberbia —en la terminología judeo-cristiana— o, para los antiguos griegos, de hybris: esa forma de desmesura e insolencia que consiste en intentar transgredir los límites que los dioses nos han puesto.
El castigo, para los primeros, era el infierno en el otro mundo; para los segundos, la némesis en éste.
Llego más lejos en esta perspectiva teológica: Dios, los dioses, de existir, aún pudiendo ser perfectos, habrían elegido también la imperfección como forma suprema de la creación. Lo descubrí siendo joven, mientras leía, asombrado, la lección inaugural que pronunciara Jacques Monod en la Cátedra de Biología del Collège de France.
La idea del Premio Nobel era extraordinariamente sencilla: La vida —hablamos del ADN— se reproduce a partir de dos características: a una la llamó teleonomía, la orientación hacia un fin. El ADN citado, dentro de su estructura, alberga la instrucción de replicarse exactamente, sin variación, exactamente igual generación tras generación. Ahora bien, también en esta molécula básica de la vida está implícita la posibilidad de sufrir errores en dicho proceso de replicación; a esta capacidad Monod la llamaba emergencia. La sufrirían algunas de estas replicaciones que, gracias a un “error”, darían lugar a una mutación. Ésta, gracias de nuevo a la teleonomía, se reproduciría tal cual, excepto algún otro error que produciría otra nueva mutación que volvería a repetirse a sí misma, etc.
Y aquí está el milagro. Si el ADN se hubiera limitado a reproducirse sin error, después de millones de años el mundo de los seres vivos estaría formado todavía por seres unicelulares… suponiendo que no se hubieran extinguido en alguno de los cambios sufridos por la Tierra. En cambio, los errores sucesivos, que a su vez continuaban reproduciéndose y generando nuevos errores, fueron los que han provocado la existencia simultánea de los millones de seres vivos diferentes que han poblado y pueblan nuestro planeta; fueron ellos los que permitieron la posibilidad de adaptaciones diversas a medios ambientes constantemente cambiantes, los que posibilitaron el milagro de la evolución. Desde los virus a los seres humanos pasando por los extintos grandes saurios, las aves, los peces o las plantas: todos son, somos, resultados de sucesivos errores en el proceso de replicación de un ADN primitivo común.
La lectura de la frase de Zuckerberg, el creador de Facebook, me recordó todo esto. De hecho, el desarrollo de los nuevos modelos de negocio en Internet lo que hacen es reproducir mutaciones a ritmo acelerado. Nadie espera tener el producto perfecto para comercializarlo: lanzan la versión Beta, luego la 1.0, la mejoran y sacan una nueva y, finalmente, cuando están a punto de conseguir algo cercano a lo perfecto, un nuevo programa, un nuevo sistema operativo, una nueva aplicación, de nuevo en versión Beta, deja obsoleto el anterior. Quien espera lograr la perfección para sacar un producto, no es que desaparezca, es que ni siquiera llega a existir en este mundo evolutivamente urgente.
Seamos, pues, imperfectos. No pequemos de hybris. Hagamos, sin esperar más tiempo. Porque, como bien dice Zuckerberg, “Hecho es mejor que perfecto”.

Ferdinandus, d.s. Bajo el signo de Géminis.
P.S. La conferencia de Jacques Monod a la que hago referencia puede encontrarse en castellano en un texto titulado Del idealismo físico al idealismo biológico, publicado por Anagrama en 1972.

lunes, 8 de junio de 2015

Done is Better Than Perfect. Versión 1.0

(Trabajo realizado el verano de 2014)
Ahora, cuando ya hace tiempo que está de moda eso de “buscar la excelencia” y lindezas por el estilo, creo que es el momento de detenerse a reflexionar. Porque en el campo contrario juegan, y no con menos razones, los que defienden el derecho al error.
Quizás no sean únicamente dos modelos de trabajo diferentes, sino algo más importante: el significado de dos estructuras productivas distintas.

En cualquier caso, la frase de Mark Zuckerberg —el creador de Facebook—  me ha parecido suficientemente sugerente como para dedicarle unas horas de afición.

Esta primera versión la he realizado sobre un papel con barbas a los cuatro lados del Molí de Ca l’Oliver, que me ha parecido muy interesante ya que la plumilla corre bien aunque tiene una textura marcada y además, a pesar de su poco gramaje, soporta perfectamente la acuarela y el gouache.

La novedad ha sido la utilización del granate, concretamente el “Carmín de gar oscuro 354” de Schmincke (Horadam) en tubo, que he combinado con  el rojo Cadmium Red Pale Hue (103) de Cotman (Windsor & Newton).
También, acorde al texto, he decidido probar una estructura nueva. A mí me ha gustado, aunque no sé si pierde legibilidad.
Ferdinandus, d.s.

Bajo el signo de Leo

domingo, 31 de mayo de 2015

Reflexiones: Prisa y rapidez no siempre son sinónimos.

En el comedor de casa hay un pequeño reloj de cuco que compramos en la Selva Negra. A veces, para relajarme, me siento en el sillón y me entretengo siguiendo el ir y venir del péndulo, metódico, preciso, sonoro. Tic, tac, tic, tac…
Ese reloj, como los demás, marca el paso del tiempo. Pero no un tiempo cualquiera: sólo el tiempo de Cronos.
Cronos, hijo de Urano, el Cielo, y Gea, la Tierra. Habiendo mutilado a su padre y temeroso de que sus hijos acabaran con él, los devoraba cuando salían del vientre de su madre. Simboliza el tiempo que pasa, la perentoriedad de la vida. Es el que miden los relojes —los cronómetros toman de él su nombre—, el que canta mecánicamente el pequeño pajarito mecánico de nuestro reloj de cuco. Un tiempo mesurable, divisible en fracciones idénticas, origen de la revolución industrial y de las prisas que nos aquejan.
Y sin embargo, a todos nos ha pasado alguna vez vivir idénticos lapsos de tiempo de formas diferentes: hay minutos que se nos hacen eternos y horas que pasan casi sin notarlas.
Existe, por tanto, otra percepción más íntima, subjetiva, que no coincide, ni tiene por qué, con la que marcan los relojes.
Los antiguos griegos, siempre tan sutiles, tenían también otro dios, menor, hoy casi olvidado, para gobernar ese otro tiempo, que define la calidad de vida. Lo llamaban Kairós, y lo asociaban con el Momento Oportuno. Hijo de Zeus y de Tiké (la Fortuna) era representado como un joven calvo, con un único mechón de pelo en la cabeza y sujetando una balanza desequilibrada en su mano izquierda.
Los griegos creían que, si se cruzaba en nuestro camino y podíamos asirnos de ese mechón de pelo, tendríamos la suerte de nuestro lado (y de este antiguo mito nos queda todavía una frase que no se entiende si no se conoce la leyenda: “la ocasión la pintan calva”). 

Para concluir, afirmaban que a Kairós es inútil perseguirlo porque no se le puede dar alcance nunca. Sólo cabe estar atentos a que pase por nuestro lado e intentar agarrar con fuerza ese mechón que nos ofrece como asidero improbable.
 Cronos y Kairós dominan nuestras vidas, aunque únicamente sea popular el primero. Uno marcándonos nuestra finitud, el otro ofreciéndonos un tiempo cualitativamente diferente: un tiempo para vivir, poblado de opciones que aprovechar en cada instante. Porque, lejos de ser improbables, las oportunidades aparecen constantemente aunque, en nuestra necedad, no seamos capaces de reconocer aquellas que ni nos imaginamos que puedan llegar a existir.
Volvamos al movimiento Slow y reinterpretemos su filosofía. La propuesta de la lentitud como forma de vida, la elección de la calma como opuesta a las prisas significa primar el sosiego, no abandonarnos a la inacción.
Porque una cosa es transitar tranquilos y otra, absolutamente diferente, es ser pusilánimes. Distinguir claramente cuándo es el momento de echarnos la siesta y cuándo reaccionar rápidamente a un estímulo es un don que pocas personas poseen y un arte que aún menos practican.
Aviso, pues, para navegantes desbrujulados. La lección de los griegos era, sin prisas, disfrutar de la vida en cada uno de sus instantes; sin agobiarnos, ser capaces de aprovechar cada Oportunidad que nos brindan los dioses.
Ferdinandus, d.s. bajo el signo de Géminis.

P.S: Los griegos también dispusieron de un tercer organizador del tiempo: Aión, dios de la eternidad, joven y viejo al tiempo. Simbolizaba el aliento vital, representaba el Camino que recorremos y la satisfacción de recorrerlo. Significaba también el reconocimiento de nuestra vocación y la capacidad para escuchar nuestra voz interior. Pero esta es otra historia para otra ocasión.