Hacía tiempo que me apetecía trabajar en un nuevo Árbol de la Vida, así que, aprovechando una petición para un regalo de agradecimiento de mi esposa, me he decidido a realizar uno. Con la idea de repetirlo con algunas variaciones más adelante, por cierto.
Por razones que ahora no vienen al caso, la reflexión ha girado en torno de la Muerte y la Resurrección. En su sentido metafórico, por supuesto: las etapas del crecimiento, los cambios de ciclo, esas cosas.
La frase elegida pertenece al Sefer Yetzirah y dos de las posibles traducciones serían: « El principio está arraigado en el final, y el final está arraigado en el principio» o bien «En su principio se incrusta el final, y en su final su principio».
Para «visualizar» estas palabras he diseñado este árbol, prestando atención a los siguientes elementos:
Como especie, elegí el granado. Un árbol con connotaciones religiosas y místicas en todo el Mediterráneo, relacionado, sobre todo, con los mitos de esas Muerte y Resurrección a las que antes aludía, igual que sucede con el número 13 (la tricaidecafobia no es más que una superstición extendida).
Los diferentes elementos que lo componen los he basado en la gematría y los números elegidos han sido de forma predominante el 3, algunos de sus múltiplos y luego el citado13, el 7 y el 2.
Por ejemplo, la copa del árbol está diseñada a partir de 2 círculos concéntricos y 7 círculos interiores.
El árbol da 12 frutos divididos en 2 círculos por su tamaño y posición pero hay una decimotercera granada, esa vez ya abierta, a los pies del árbol. En ella pueden observarse 12 granos divididos en dos hileras.
Las hojas se agrupan en elementos de 12 —3 grandes, 3 medianas y 6 pequeñas en cada uno— pero, esta vez, dichos elementos son 7, porque hay uno central. Las grandes están unidas por el peciolo y separadas en dos partes por el nervio central hasta el ápice; las medianas, sólo hasta la mitad; las pequeñas no tienen separación media.
Este árbol, sin principio ni fin, forma un huevo gracias a una única raíz dividida, primero en dos y luego en tres que, trenzadas, formarán el tronco. Cuando éste llega a la copa, sólo dos de ellas serán visibles, quedando la tercera oculta por la hoja media del elemento más bajo.
El huevo está flotando un cielo exterior.
Volvamos a la frase: la filacteria en la que se inscribe, que también rodea internamente el árbol, es el único elemento gráfico —la Palabra, el Verbo— que se permite escapar al «exterior» por ambos lados antes de regresar al huevo que la contiene.
Comienza detrás de la granada abierta del suelo y finaliza al otro lado, con uno de sus extremos utilizando un hueco del tronco trenzado para intentar pasar al otro lado, aunque sin lograrlo del todo. Marca la dirección de la frase, ya que el hebreo se escribe, y se lee, de derecha a izquierda.
Sobre los muchos posibles significados prefiero no contar nada, salvo que, como hago mientras duran estos trabajos, suelo entretenerme encontrando historias y sonriendo frente a coincidencias que suelen encajar. Es una de mis variantes terapéuticas para estos ejercicios y una forma de goce muy personal.
Así que, si ha llegado hasta él, puede interpretarlo como prefiera —y le recomiendo que aproveche su intuición más que los conocimientos que pueda tener sobre simbología— o disfrutarlo, si es que le gusta, simplemente mirándolo. Eso ya es cosa suya.
Ferdinandus, d.s. Finalizado bajo el cuarto menguante del segundo decanato del signo de Tauro del Año del Señor de 2026.
P.S. A nivel técnico, realizado sobre un papel de acuarela de 270 gr. AQUARI PAPER, de Sastres Paperers de 20 x 20 cm. fabricado a mano con un 70% de algodón y un 30% de lino.
Técnica mixta: acuarela, gouache y rotulador.
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