Una de las cosas que me exasperan de este país mío es el poco cuidado que suele manifestarse por los espacios públicos. El poco cariño con que se trata al paisaje urbano; la escasa dedicación para embellecer las calles y las casas; el mínimo apego a una tradición decorativa y arquitectónica ya desaparecida o en vías de extinción.
Cierto, hay excepciones y auténticos rincones placenteros: en un sitio se engalanan patios, en otros se cuidan edificios.... pero no me refiero a casos concretos, sino a una situación generalizada. La mayor parte de nuestros pueblos, si exceptuamos lo que queda de un casco antiguo no siempre bien conservado, son terriblemente impersonales; “modernos”, en el peor sentido de la palabra, como avergonzados de sus orígenes.
Los pueblos germanos, en cambio, sin renunciar a los avances, suelen conservar una fisonomía clásica, basada en formas arquitectónicas tradicionales, que hace que cualquiera nos parezca hermoso, y usan sin miedo la caligrafía, sobre todo variantes de la gótica. Con ella escriben los nombres de sus calles, anuncian sus negocios, decoran las fachadas de sus casas. Y hasta cuidan, con ella, las etiquetas de sus licores.
El verano pasado estuve en la Selva Negra y disfruté, sencillamente, paseando. Casi a puntos de irnos, cerca de las cascadas de Triberg, entramos en una tienda de artesanía de la madera y, en una bodeguita anexa, encontramos unas cuantas botellas de kirsch. No pude resistir la tentación de traerme una.
No soy aficionado al licor de cerezas, pero en esta noche fría he decidido tomar una copa. Lo reconozco, movido, simplemente, por el detalle de la etiqueta. No puedo evitar que me pierdan las letras y las ilustraciones.
Ferdinandus, d.s.